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INTRODUCCIÓN
En
México, un alto porcentaje de las selvas, bosques, matorrales
y zonas semiáridas en donde se encuentran los productos
forestales no maderables (pfnm) empleados por la población,
corresponden a territorios bajo régimen de propiedad ejidal y
comunal. Más de tres millones de unidades productivas
campesinas, distribuidas entre ejidos y comunidades indígenas
y no indígenas, poseen la mitad del territorio mexicano (103
millones de hectáreas), principalmente áreas forestales.
Esto significa que son predominantemente los habitantes de
dichos núcleos quienes históricamente se han encargado de la
extracción, la transformación y la comercialización de los
numerosos pfnm que se encuentran en ellos, así como de su
conservación.
En
este amplio universo de experiencias de aprovechamiento y
conservación campesina de los recursos naturales, existen
ejemplos de especies aprovechadas intensivamente durante
cientos de años, sin que esto haya llevado a agotarlas.
Resulta evidente que estos casos están sustentados en buena
medida en los sistemas de conocimientos tradicionales, y en
las formas de organización y regulación del acceso a los
recursos naturales que se han dado históricamente muchos
pueblos y comunidades.
Sin
embargo, hay que reconocer que también existen casos en los
cuales, por fuertes presiones del mercado y ante la ausencia o
debilidad de formas de organización y regulación comunitaria
de los recursos naturales, se han explotado algunas especies
hasta casi extinguirse. Esto se ilustra en el caso de la
famosa raíz medicinal Ginsen,
sujeta a una extracción masiva en el norte de América a
partir de que se dieron a conocer en el mundo occidental sus
propiedades curativas. También el caso del barbasco,
fuertemente demandado como “principio activo” para la
producción de anticonceptivos desde los años setenta, y
sobre-explotado en las selvas del sur de México durante
varios años, hasta que la síntesis de un sustituto en la década
de los ochenta terminó con esta situación.
Sin
embargo, lo que hoy predomina en la mayoría de las
comunidades rurales mexicanas aledañas a las zonas donde aún
se conserva un importante patrimonio natural, es una creciente
preocupación colectiva por el futuro de dicho patrimonio, así
como la permanencia de valores comunales expresados y
concretados en las formas de institucionalidad locales,
soporte de regulaciones y prácticas de control del acceso a
los recursos naturales. Esto, no obstante la presión que el
mercado ejerce sobre algunos recursos específicos y sobre el
mantenimiento de la diversidad biológica en general, y a
pesar de la condición de pobreza en que vive la mayoría de
la población de dichas zonas.
Esta
preocupación colectiva comunitaria y el interés de un sector
de Organismos No Gubernamentales (ONG), de académicos y de
entidades de la cooperación ambiental nacional e
internacional, ha confluido en la búsqueda de estrategias y
tecnologías de aprovechamiento de los recursos naturales, y
en particular de los productos forestales no maderables,
mismas que además de evitar que se repitan fenómenos
depredatorios de extracción como los señalados líneas
arriba, deberán contribuir a un desarrollo más equitativo y
ambientalmente equilibrado en el medio rural mexicano.
Así,
desde finales de la década de los años ochenta,
especialistas de las ONG y comunidades campesinas e indígenas
han venido colaborando en el fortalecimiento de las formas de
organización, control y regulación colectiva del
aprovechamiento de los recursos naturales, y para el diseño
de modelos, planes y tecnologías de ordenamiento territorial
y manejo sostenible de ecosistemas y recursos específicos a
través de estudios ecológicos, sociales, técnicos, de
mercado y de diseño de productos; todo esto, tomando como
punto de partida los conocimientos o saberes
tradicionales existentes en las comunidades.
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